martes, 15 de abril de 2008

Ganarse la vida


Me gustan las novelas de Paul Auster, pero a veces me gustan más sus escritos de no ficción. Después de leer Experimentos con la Verdad y A Salto de Mata, uno tiene la impresión de que a los personajes de Auster les pasa exactamente lo mismo que a su creador, y que éste no hace más que cambiar nombres y contar las anécdotas de su universo extrañado. A unas historias las llama crónicas, ensayos o autobiografía; a otras, simplemente, novelas. Es como si una visión (una forma de atender la cotidianeidad, ciertas palabras usadas para contar ciertas historias) disolviese las barreras entre lo ficcional y lo real a través de un tono, un estilo, los mismos ingredientes al servicio del mismo propósito: la difuminación de las fronteras que separan lo estúpido de lo insondable, el día a día de los misterios cósmicos.(Coincidencia salpicada de causalidad, casualidad capaz de tentar a metafísica, fenomenología de una misma dinámica del mundo).

Pero no iba a comentar esto. Sólo quería dejar constancia, por si a alguien le sirve, de lo gratificante que es leer ‘A Salto de Mata. Crónica de una Fracaso Precoz’, la conflictiva relación de Auster con su vocación y el dinero. Los múltiples oficios alimenticios que emprendió con tal de reservar un espacio en su vida para la literatura constituyen una saga que no hace sino contrastar, aún más, lo raro del reconocimiento que ahora goza: traductor multipropósito, gacetillero de lo que venga, operador telefónico nocturno de la redacción del New York Times en París, “negro” literario de damas encaprichadas de la socialité, barrendero y cheff en un barco petrolero de la Esso, insólito creador de un invendible juego de naipes de béisbol, etc. Y el metálico como bien esquivo; ansiado pero odiado, buscado siempre con torpeza, encontrado sólo a manera de salvavidas, perdido las más de las veces. Ese tipo de ambivalencia es casi una marca registrada de la clase media; una angustia que encuentra equilibrio en la intermitencia, tan ajena a la próspera estabilidad burguesa y a la condena inmutable de la pobreza real.

Si quien lee es escritor o quiere serlo, y siente que se le va la vida pensando en el fin de mes, atribulado por encargos nimios, trabajos ocasionales que parecen venganzas de la indignidad, he aquí la crónica que lo puede poner todo en perspectiva, que puede hacer más manejable eso que parece una subvida. Claro, no habrá que esperar una lección de esta fábula, ni siquiera es recomendable caer en la inocencia de pensar que el éxito inesperado, la lotería del aplauso universal, le puede estar reservada realmente a uno. A lo más, un tanque de oxígeno cuando el clima interno pasa a ser opresivo, un recordatorio de que lo más importante que se puede hacer con una vocación es creer en ella e intentar llevarla hasta el final.

La recomendación:
El aficionado a Auster tiene una gran obra a la cual aferrarse. Obviamente La Trilogía de Nueva York, La Invención de la Soledad, El Palacio de la Luna y los imperdibles Experimentos con la Verdad. De lo último, La Noche del Oráculo. Para el piqueo, la antología de cuento corto norteamericano de escritores amateur, concurso convocado por él mismo a través de la radio, Creí que mi Padre era Dios.

La cita:
Al recordar ahora esa época, me veo reducido a fragmentos. Numerosas batallas se libraban al mismo tiempo, y partes de mí mismo, disgregadas por un ancho campo, luchaban cada una con un ángel diferente, con un impulso diferente, con una idea diferente de quién era yo. Eso me llevaba a veces a comportamientos totalmente inusitados. Me convertía en alguien que no era, intentando llevar otra piel durante una temporada, imaginando que me había reinventado.

lunes, 24 de marzo de 2008

Todo hombre es un símbolo


Léon Bloy emprende una tarea imposible: conciliar la grandeza humana y militar de Napoleón con el cumplimiento del destino divino que Dios le tenía reservado. En esta comunión imposible entre libre albedrío y Providencia, Bloy logra vindicar la magnitud del Emperador francés con su extraña y apasionada forma de entender el catolicismo.

La famosa tesis de Bloy en 'El Alma de Napoleón' es que Bonaparte es el rostro de Dios en las tinieblas, ya que la Historia es como un “inmenso Texto litúrgico, en el que comas y puntos valen tanto como capítulos y versículos enteros…”. Napoleón es también un “gesto de Dios a los francos” y la persona que prefigura lo que Otro más poderoso, más divino, hará en su segunda venida. Todo esto, porque los hechos históricos son “el estilo de la Palabra de Dios”.

Sorprende de Bloy, tantos años después, la audacia de su pretensión, el fuego de su prosa implacable, y la pasión con la que abraza y armoniza su devoción por Dios y por "el más glorioso de todos los mortales". Acostumbrado al manifiesto y al panfleto, su fraseología recuerda al peruano la inclinación de Alberto Hidalgo por el vituperio y la dignidad de la que se recubre para denigrar al resto, en este caso, la farisea y vieja Inglaterra, la bruta y cruel España, la Prusia enamorada de la guerra, las envilecidas cortes europeas que devolvieron con mezquindad lo que el francés perdonó con magnificencia.

Hoy uno lee a Bloy por su libertad ensayística, por la ya en su tiempo "incorrecta" filiación católica, por ser una cumbre estilística literaria. Sin embargo, uno sospecha que esta admiración no le hubiera agradado en lo absoluto. Él habría renegado de un acercamiento que se solace en el aplauso desde el formalismo, ante la constatación de que es imposible adherirse a sus postulados. Apena, sí, saber que incluso a comienzos del siglo XX era posible amalgamar fe con ideas, pues hoy se considera al catolicismo como una plataforma desde la cual es imposible dar un buen salto (con excepciones como Nancy, hay quien mencionaría a Zizek).

Otra cosa que sorprende del francés es su capacidad profética: “Para quien ve en el Absoluto, la guerra no tiene sentido más que si es exterminadora, y el Porvenir muy cercano nos los demostrará”. Sólo tres décadas después Hitler materializaba esta idea, extirpando de Napoleón y tomando para sí el emblema de Anticristo. Si alguien dudase de las capacidades adivinatorias de Bloy, páginas después añadirá: “El bandolerismo endémico y hereditario se amplió, se extravesó, se magnificó hasta procrear en nuestros días el Imperio alemán que acabará quizá por roerse a sí mismo, como los enterrados vivos, en el sepulcro del desprecio y de execración que el socialismo está preparándole”.

Aunque el nombre de la institución que auspicia esta web parezca de broma, es posible leer la versión íntegra del 'Alma de Napoleón' aquí. Pero si sobran unos cobres, es recomendable la módica edición del Fondo de Cultura Económica.

La recomendación:
Ya puestos a sondear la dimensión metafísica de las cosas, ¿qué tal 'El Hueco que Deja el Diablo' de Alexander Kluge?

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miércoles, 12 de marzo de 2008

Ángel González


No buscaré un aniversario u otra excusa calendaria para compartir este poema. Cada vez que lo leo, y lo he hecho varias veces en estos días, pienso en cómo se nos escapa hacer una poesía que sea a la vez simple y compleja, que lo diga todo y lo esconda todo, que esté en el límite de lo explícito pero también sondeando la oscuridad. Éste es un poema hermoso. Se lo debemos a un viejo maestro (uno siempre tiene la edad que tuvo al morir). Es una pena que genios como él deban fallecer para que otros nos colmemos con sus palabras plenas. Si yo pudiera escribir alguna vez un poema -no digo versos, no digo la combinación afortunada de un adjetivo y un sujeto, digo, quiero decir, un poema- desearía que fuera éste. Ajeno a todo hermetismo, Ángel González ha creado el rasero bajo el cual debe medirse el logro lírico en lengua española. Por toda prueba, he caminado con su poema como un poseso, mostrándolo y leyéndolo por cubículos que se podrían definir como los antónimos perfectos de lo poético, e invariablemente las caras legas han mostrado asombro, los rostros escépticos han terminado haciendo preguntas, hay quien incluso pidió el nombre del autor, y más tarde, como si ignorase los alcances de mi pequeña revolución personal, he oído llamadas en las que voces nerviosas recitaban los versos con los que soñamos. El mejor homenaje que se le puede hacer a un poeta es leerlo. Hagámoslo entonces:

El poema:

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreir,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
-de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso-,
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando –luego- callas…
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta.

La duda:

Como no tengo el libro donde aparece, he encontrado dos versiones del poema en Internet, uno que empieza con "Si yo fuera..." y otro que lo hace con "Si yo fuese...". Finalmente, me he inclinado por la versión que publica Gándara.

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domingo, 2 de marzo de 2008

Vida, Naturaleza y Ciencia: todo lo que hay que saber


Al fin un libro que cumple lo que el título promete, que en este caso no es poco. Difícil transmitir el entusiasmo que despierta esta joya capaz de fraguar un prodigio inverosímil para la víctima tipo del sistema estudiantil peruano: hacer de la ciencia algo interesante.

Ganten ordena, separa, categoriza y utiliza todas los medios que la pedagogía ha dispuesto como herramientas para la divulgación. Lo hace, además, sin condescendencia, anotando la generalización cuando el tecnicismo opaca en vez de esclarecer, apoyándose constantemente en ese principio de investigación que es el darwinismo, y sirviéndose, sin rehuir honduras, en los vericuetos dialécticos del sí pero no; por lo tanto.

Su campo de difusión empieza con el inicio de la vida en la Tierra -pregunta que en varias discplinas, como la biología, nos enteramos que ya hay respuesta, y acaba en el cerebro, misterio no menos fascinante que el cuerpo humano en sí y el universo, todas áreas de estudio que Ganten, Deichmann y Spahl exploran con paciencia y detenimiento. Suena brutal, a demasiado, pero de ahí que el adjetivo fascinante no sea gratuito, entre otras cosas, porque los autores se ocupan de hermanar dos ramas que jamás debieron separarse, ciencias y humanidades. Y como lazo de esa unión, una afirmación que, por evidente, a veces se escabulle: ambas son metáforas de lo mismo, la realidad.

Tal vez el libro sea de consulta y no se debería proponer una lectura lineal a estas más de 1000 páginas que por momentos provoca llamar el upgrade de ese clásico de la chiquititud que fue ‘El Libro de Preguntas y Respuestas de Charly Brown’. Pero lo mismo se puede decir del magnífico ‘Tercer Reich’ de Michael Burleigh, que también recomiendo leer de principio a fin en todas las sentonas que sean necesarias (ese es otro post). Lo interesante acá es que el cúmulo de información está diseñado para estimular a la mente curiosa, y también, por qué no decirlo, para proveer de data imposible al típico animador de runiones que sorprenderá con preguntas como ésta: ¿Sabían por qué el foco erótico del hombre de desplazó del trasero a los pechos?

Ganten resentiría el uso trivial de su libro, que para más señas empieza con una propuesta rescatada de la Ilustración: “piensa por ti mismo”. Pero para motivar al lector escéptico, citaré una serie de datos anecdóticos que ojalá sirvan de aliciente para el desavisado, aunque añadiré que si en mis manos estuviese, haría que la lectura de este libro fuese de carácter obligatorio para todos los escolares peruanos. El país me lo agradecería en 15 años.

Las citas:
- Una sola mutación de las algas permitió la conquista de la tierra seca.
- Una explicación a la división de sexos es que podría ser una forma de defensa ante los agentes patólogicos. Un animal genéticamente idéntico a otros opone menos resistencia a bacterias y virus.
- Técnicamente un virus no tiene vida, y por tanto, no se le puede matar.
- Si los creacionistas tuvieran razón, habría que preguntarle a Dios de dónde nace su preferencia por los escarabajos: 4 de cada 5 insectos lo son.
- Todas las aves descienden de los dinosaurios.
- La conducta altruista no existe en la naturaleza. El único ser capaz de altruismo es el humano (lo que permite revisitar la prédica cristiana y la idea de sacrificio desde otros ojos).
- Más del 99% del volumen de la Tierra sigue siendo inaccesible al hombre (lo que otorga nuevo oxígeno al axioma wildeano: "el misterio del mundo está en lo visible y no en lo invisible").
- Los hermanos coinciden genéticamente en un 99,95% (lo que pone en entredicho esa suerte de lema nacional de “soy su hermano pero no sé nada”). Más sorprendente aún: dos personas cualesquiera de la Tierra pueden tener un genoma idéntico en un 99,9%. Más aún, el hombre y el chimpancé coinciden en un 98,7%. Pero si te sentías ontológicamente superior al mundo debes saber que el hombre y el hongo de la levadura son exactamente lo mismo en un nada despreciable 30%.
- Etc.

Las recomendaciones::
El libro posee un apéndice de varias decenas de páginas, así que no caeré en el error de descubrir la pólvora. Sin embargo, me permitiré algunas recomendaciones acequibles que no tienen pierde:

- Si quieres ahondar en la Teoría Especial de la Relatividad, métele lente a ‘El Universo y el Doctor Einstein’ de Lincoln Barnett (Breviarios del FCE). Si quieres ir más allá, en El Virrey se consigue el imperdible ‘Hiperespacio’ de Michio Kaku.
- Si lo tuyo va por Biología y Genética el clásico es ‘El Gen Egoísta’ de Richard Dawkins, que se puede descargar aquí.
- Si te encantó el concepto de etología, consigue lo que puedas de Konrad Lorenz o de Vitus B. Dröscher.
- Si te sientes con ganas de celebrar con un año de anticipación los 150 de Darwin cómprate ‘El Origen de las Especies’, cuyo centenario de publicación también es en el 2009. Y además, dale un vistazo a esto.
- Si los mecanismos del cerebro siguen siendo el gran enigma de tu vida, deléitate con Oliver Sacks.

La curiosidad:
Hay algo que genera gracia en el lector no germano, y es una de dos: o el nacionalismo alemán es un suerte de orgullo vivo inescondible, o de verdad los teutones descubrieron prácticamente TODOS los adelantos científicos antes que el resto.

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miércoles, 6 de febrero de 2008

1:17 a.m.


En tiempos donde el catastrofismo está a la vuelta de la esquina (ver Soy Leyenda, Cloverfields, etc.), aquí la obra maestra del subgénero: un padre y un niño atraviesan una pesadilla posnuclear en busca de quién sabe qué. Tal vez van impulsados por la inercia propia del síndrome de la otra orilla (ese querer estar siempre al otro lado, en la margen opuesta); o quizás sólo por aquello que decía Chatwin, que llevamos grabado en la médula nuestros futuros desplazamientos y traslaciones.

La narración, entonces, se vuelve letanía. Éste es el negativo del relato americano: la fantasía de iniciación beatnik, el viaje en carretera idealizado por Kerouac, torna en aprendizaje de la muerte; al vigor de Whitman que planteaba a la naturaleza como espacio idílico de la celebración vital, se le contrapone la visión –muy contemporánea- de una naturaleza inestable, impredecible, cruel e inmisericorde, bastante cerca, dicho sea de paso, de lo que plantea Sam Harris en The Edge.

Y el relator de este reverso de lo americano es nada menos que Cormac McCarthy, para muchos el nuevo Faulkner, con quien comparte una concepción del hombre en absoluto alentadora y un punto lírico en la prosa que conmueve al lector literario. ‘La Carretera’ es en este sentido terrible: páginas y páginas de cenizas, penurias, un tratado sobre la desolación geográfica y sicológica que pareciera motivado por un genio obsesionado con demostrar la validez de la paradoja de Fermi. Ahí emerge lo que in extremis nos sostiene; naufragan nuestras convenciones, nuestros cariños aprendidos, nuestra solidaridad a préstamo. Esta es la quintaesencia de la obra de McCarthy: echar al hombre al vacío, dejarlo solo, estudiar ahí sus dobleces, su violencia prístina, la ambigüedad de sus decisiones más allá de la moral, su irónica conversión a lo primitivo, a lo que en verdad es. Y en ese camino, un padre que posee un único recordatorio de la civilización: su hijo. Y en ese andar, un hijo que funciona como un inhibidor de la crueldad (la frase es de Monsiváis).

En un momento me vi tentado a coincidir con el ‘Escorpión’ respecto a los méritos de la traducción, pero al final encontré sistémicas las inflexiones de voz y las licencias gramaticales, así que sin haber cotejado el original, prefiero que pasen como atribuciones de autor que como traducción fallida. Y aunque por todo lo dicho está claro que la novela te deja en el piso, es imposible no alentar su lectura: es una obra maestra de nuestro tiempo.

La cita de 'La Carretera’:
"Tal vez en su destrucción sería posible al fin ver cómo estaba hecho el mundo. Océanos, montañas. El fatigoso contraespectáculo de las cosas dejando de existir. La extensa tierra baldía, hidróptica y fríamente secular. El silencio".

La recomendación: Seguir en McCarthy con la ‘Trilogía de la Frontera’ o ‘Meridiano de Sangre’. También, por asociación llegué a la poesía de Charles Simic, especialmente ‘El Mundo no se Acaba’, donde según el traductor y prologuista Mario Lucarda la naturaleza es, en contraste, “redentora del dolor humano”.

La sorpresa: Es imposible no vincular un pasaje de ‘La Carretera’ con una canción de Spinetta. Aunque resulta difícil imaginar a McCarthy escuchando al argentino, les dejo el pasaje ad hoc y el vídeo de la canción para que saquen sus conclusiones. La afinidad es alucinante:
"...Hizo ruidos de tren y de sirena diésel pero no estaba seguro de qué podían significar para el chico esos ruidos. Pasado un rato se quedaron sin más frente al parabrisas cubierto de ceno mirando hacia donde la vía torcía para perderse en la fosca. Si vieron mundos diferentes sus conclusiones fueron las mismas. Que el tren se iría descomponiendo a perpetuidad y que ningún tren volvería a funcionar jamás. ¿Podemos irnos papá? Sí. Claro que podemos".

La crítica: Me siento más cerca de Ron Charles que de Janet Maslin. Tal vez, por la mención a George Romero como sustrato y este párrafo:
"But even with its flaws, there's just no getting around it: The Road is a frightening, profound tale that drags us into places we don't want to go, forces us to think about questions we don't want to ask. Readers who sneer at McCarthy's mythic and biblical grandiosity will cringe at the ambition of The Road . At first I kept trying to scoff at it, too, but I was just whistling past the graveyard. Ultimately, my cynicism was overwhelmed by the visceral power of McCarthy's prose and the simple beauty of this hero's love for his son".

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miércoles, 30 de enero de 2008

La Mirada de Chatwin


La prosa de Chatwin nos regala las mejores conclusiones que un hombre puede sacar de rostros ajenos. Por eso, invita a concatenar dos aforismos conocidos: “toda descripción es un asunto moral” y “ética y estética son lo mismo”. Su capacidad de observación sólo es comparable con su prosa exquisita. Ambas destrezas combinadas son capaces de crear prodigios: impiden que la ironía se torne superflua, establecen con precisión el efecto cromático que se produce en el ala de un albatros de pecho pintado cuando alza vuelo sobre una laguna negra, o lo que es mejor, permiten conocer a los hombres por las señales que la vida ha dejado en ellos. Es ésta una destreza fabulosa.

Las marcas pueden ser cierta inflexión al hablar un idioma, una costumbre heredada como un fenotipo resistente, o el efecto que causó un paisaje natal en el semblante de un migrante crónico. Las personas se vuelven expresiones inequívocas de sí mismas, y Chatwin opera como una perfecta máquina de traducción, metáfora fallida en tanto no quiero sugerir mecanicidad ni maquinismo (ya que algo en la habilidad de Chatwin nos hace pensar que en esto radica la esencia de lo humano: no hay personas inescrutables, todos cargamos superficialmente las huellas de lo que ha forjado nuestro carácter y constitución). Nos enteramos así de desgracias y amores, de gustos gastronómicos, de la forma en la que se puede servir la sal en la mesa y lo que eso revela del comensal.

Son dos, en realidad, los libros que acabo de leer y quisiera recomendar fanáticamente, sobre todo si por ahí algún lector es periodista o estudiante de: el clásico ‘En la Patagonia’, imperdible vagancia por la región más austral de Sudamérica en busca de una leyenda familiar, fósiles patagónicos, el mito de la Pandilla Salvaje y decenas de freaks reunidos en el fin del mundo (quiero decir, en busca de historias, Chatwin es ante todo un storyteller); y el menos conocido ‘¿Qué hago yo aquí?’, compilación de artículos, ensayos y reportajes de una delicia literaria única. De ésta última obra, póstuma, es imposible no mencionar tres piezas en especial: la entrevista a André Malraux; el retrato de María Reiche en Nazca (perdonen el chauvinismo); y el encuentro en Ghana con Werner Herzog, en plena grabación de ‘Cobra Verde’ (adaptación de su novela ‘El virrey de Ouidah’).

La cita de 'En la Patagonia’:

“Conversábamos hasta altas horas de la noche, discutiendo si nosotros también tenemos, o no tenemos, nuestros viajes programados en el sistema nevioso central. Ésta parecía ser la única manera de explicar nuestro desasosiego…”

La cita de ‘¿Qué hago yo aquí?’:

“(Herzog) Era también la única persona con la que pude mantener una conversación sobre lo que podríamos llamar el aspecto sacramental del paseo. Ambos compartíamos la idea de que el paseo no sólo es terapéutico en sí, sino que es una actividad poética que puede curar al mundo de sus males”.

La recomendación: Podría ser ‘Among the Believers’ de V.S. Naipaul, o tal vez un clásico de Paul Bowles, pero indagando sobre Chatwin llegué a un relato de su funeral (murió de SIDA aunque en el momento se esquivase la causa), descrito por Martin Amis en ‘Visitando a Ms. Nabokov’, un volumen interesante, ligero y divertido. Amis cuenta que, como las exequias se celebraron el mismo día en el que el ayatolá Jomeini decretó la fatwa contra Salman Rushdie, Paul Theroux se permitió una broma en plena misa: “¡Salman, la semana que viene tendremos que volver por tu culpa!”.

La pregunta: Chatwin, en los agradecimientos, menciona a Mónica Barnett (o Barlett), “de Lima”, quien habría escrito un libro sobre su común antepasado y co-protagonista de ‘En la Patagonia’, Charley Milward. La he googleado sin éxito. ¿Alguien tendrá una pista de su paradero?

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domingo, 20 de enero de 2008

El Mundo según Barnes


Me está pasando con Julian Barnes lo que a Desmond con Dickens: hay una novela de él que he decidido no leer y que de alguna forma llevo siempre conmigo para no enfrentarme al hecho insoportable de haber acabado sus obras completas. No es que esto signifique un menosprecio por la relectura, en absoluto, pero parafraseando a cierto filólogo aficionado al Quijote se podría decir que envidio a quienes no lo han leído pues aún les queda el disfrute del primer asombro.

La novela que tengo pero no leo es ‘Arthur & George’ (a cambio, les propongo la magnífica biografía de Conan Doyle realizada por el maestro del policial, John Dickson Carr, un estupendo paliativo).

La novela que quiero recomendar es ‘Una historia del mundo en diez capítulos y medio’.

Aunque todavía se discute en la academia si es una novela, un conjunto de relatos o un ensayo con coartada ficcional, podemos decir, sin mucha astucia, que nos amparamos en el título: una visión del mundo (o de la humanidad) por entregas. La confusión se genera porque esta visión es cerrada (en el sentido de cíclica, completa, la que se espera de una novela total), aunque la técnica que utiliza esté más cerca de la fragmentación, de la construcción a trazos, de la ambigüedad ficcional, de la utilización indistinta de géneros, etc. Hay, por tanto, mucha intertextualidad, motivos reiterados, obsesiones comunes, personajes emparentados no por sus coincidencias ideológicas o biográficas, sino porque sus acciones parecen motivadas por una misma dinámica de lo humano, aunque no haya entre ellos continuidad cronológica ni espacial (algunos ni siquiera son homínidos).

A pesar de que todo esto suene pretencioso, la ejecución es impecable. A la distancia propia de la mirada inglesa (¡es un hijo de Oxford, signifique eso lo que signifique!) y su plausible francofilia (imperdibles ‘El Loro de Flaubert’ y ‘Al Otro Lado del Canal’), Barnes añade a su escritura la rara virtud de la claridad: en el humor, el drama, la exposición teórica y el vuelo imaginativo. [Y, sobre todo, en cómo se ocupa del amor, lo mejor que se ha escrito sobre este lugar común, el medio capítulo precisamente, conmovedora reflexión de una belleza y sabiduría paralizantes].

No pretendo agotar todos los aspectos de esta obra, ni como se relacionan, pues eso requeriría una tesis de doctorado. Sólo apuntar que Barnes ha logrado abarcar un amplio espectro de medias emociones y sagas monumentales (por su grandeza pretendida o su insignificancia real), que aseguran al lector un fresco vivo de la humanidad repleto de ideas, conocimiento, imaginación y humor. Es, por si fuera poco, un libro muy entretenido. Y por eso, sin duda, es el que más he regalado.

La cita:

“Porque la cuestión es ésta: no que el mito nos remita a algún suceso original que ha sido transcrito fantásticamente a medida que pasaba por la memoria colectiva; sino que nos remite al futuro, a algo que sucederá, que tiene que suceder. El mito se convertirá en realidad, por muy escépticos que seamos”.

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